El hombre, viendo la oportunidad de hacer un buen negocio, aceptó encantado. Juan Bobo se sintió muy feliz con su nueva puerca y se la llevó para la casa.

Pero la puerca nunca volvió. Juan regresó a la casa triste y le dijo a su madre:

La madre, desesperada, le dijo: —¡Ay, Juan Bobo! Eres un desgraciado. ¿Para qué quiero yo una puerca? Tendrás que cuidarla y mañana la llevarás a pasear, pero ¡ten cuidado! No la vayas a perder.

—Pero mamá —dijo Juan—, la carta se la di a la puerca para que se fuera contenta.

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